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domingo, 12 de abril de 2015

El País de España

La formación del periodista

Solo en las redacciones, de impreso o digital, dará el joven aspirante el trascendental paso

M. A. BASTENIER 

España, 10 de abril 2015 

Quisiera dejar algo claro desde el principio. No existe la titulación de no ir a la universidad, y, por ello, la primera recomendación tiene que ser la de que se cursen los estudios correspondientes en la facultad, preferentemente de Ciencias de la Información, o cualquiera que sea el nombre que se le haya dado. Y digo, preferentemente, porque si es Ciencias de la Comunicación, aunque sea un contenedor en el que esté aparcado periodismo, la experiencia enseña que las cosas pueden ser distintas, ni mejores ni peores, pero diferentes. 

Al mismo tiempo, la profesión de periodista es probablemente la única en el mundo occidental que se puede ejercer sin haber cursado estudios de ninguna clase. El médico, el abogado, el ingeniero, el arquitecto no pueden ejercer su profesión, por obligación penal, sin que posean un papel, un diploma que garantice que están capacitados, y por ello autorizados, a desempeñar las tareas que les corresponden. ¿Por qué?

Si comparamos al periodista con cualquiera de los profesionales antes citados, es una rara avis que puede aprender los secretos de su negociado sin pasar por las aulas de universidad alguna. Jamás recomendaré que sea así, pero he trabajado con excelentes periodistas que jamás habían estudiado periodismo. La explicación es muy sencilla: el contenido académico, todo el magma teórico que hemos de conocer para ser abogado, médico, arquitecto, ingeniero, está perfectamente identificado y contenido en una serie de volúmenes que hay que poseer casi físicamente.

No existe la titulación de no ir a la universidad
La cosa por supuesto que no acaba ahí y para sentirse verdaderamente médico hay que pasar por un periodo de prácticas bajo la supervisión de un grupo de seniors, como ocurre con cualquier otra dedicación profesional. Pero en el campo del periodismo el contenido académico es limitado, discutible, subjetivo y siempre insuficiente, y el trabajo que se desarrolle en una redacción se come literalmente el acervo de conocimientos específicamente periodísticos, adquiridos en la universidad.

Pero no solo eso, sino que ocurre que ese aporte académico no se encuentra únicamente en una facultad de periodismo. Está, por el contrario, disperso en una galaxia de estudios que genéricamente llamaremos de Humanidades: Literatura, Filología, Historia, Ciencias Políticas y con el desarrollo del instrumental propio de las publicaciones digitales, cada día es más necesario conocer el manejo de esa amplísima gama de posibilidades que encierra el universo de Internet.

Y lo más importante es que con la dedicación y, sobre todo, lectura necesarias, uno puede obtener los conocimientos teóricos que le preparen para convertirse en periodista. Y no lo digo como autodidacta, porque me he pasado media vida en la universidad. Pero ¿qué es, en todo caso, preferible: estudiar primero periodismo y luego reforzar la formación con lo que más nos interese, o al revés? Es cuestión de escuelas de pensamiento. Yo lo hice básicamente al mismo tiempo.

El periodista será la suma de todo lo que no es: sociólogo, novelista; historiador, político

Entre las instituciones de carácter universitario y asimiladas, las que desde el punto de vista tanto académico como práctico están más cerca de facilitar una formación lo más completa posible son aquellas que, por estar adscritas a una publicación, pueden hacer que los alumnos trabajen en condiciones prácticas de realidad; es decir, como si los alumnos fueran a publicar con carácter inmediato.

La fórmula más corriente es la de los llamados masters para posgraduados, hayan hecho o no estos periodismo, que tienen que llegar a la institución peinados y lavados de conocimientos generales, sociología, literatura, historia, política, porque a lo único que se dedicarán es a hacer periodismo, que hoy es tanto o más digital que impreso, porque hay que formar periodistas para una marca y no para un soporte en particular.

Y esas clases no pueden estar ni siquiera diferenciadas, sino que la docencia debe fusionarse fusionada en una única plataforma válida para digital y papel. Pero, con todo y ello, su formación no habrá hecho sino comenzar.

Solo en las redacciones, de impreso o digital, dará el joven aspirante el trascendental paso que lo convertirá en periodista. Y eso se llama buscar a los seniors, aprender de quienes no actúan como profesores, pero lo son sin saberlo; vivir la agitación del instante; entender que los periodistas se dividen en dos clases: los rápidos —y en tiempos del diario digital de 24 horas al día, aún más— y los que no son todavía periodistas. Y que no se confunda nadie, la rapidez de reflejos y de soluciones no se amortiza con pérdida de calidad. Por debajo de un funcionamiento medio-alto imprescindible, no vale, por supuesto, ninguna celeridad en el trabajo.

El periodista es, por tanto, un ensamblaje de aportaciones muy distintas que no hay universidad que contenga específicamente en su currículum. El profesional del periodismo no es un sociólogo, pero trabajará con materiales que tendrán mucho de sociológicos; no será un novelista, pero contar historias será su mejor logro; no será un historiador, pero su obra servirá en las hemerotecas para que trabajan con ella los historiadores; no será tampoco un político, pero en muchos casos vivirá tan íntimamente ese mundo, que correrá el peligro de creer que es uno de ellos, con lo que estará contaminando su propia esencia que es, todo lo contrario, la de fiscales de la política.

El periodista será, por tanto, algo muy peculiar: la suma de todo aquello que no es: sociólogo, novelista; historiador, político. Por eso periodista puede serlo cualquiera, sin diplomas acreditativos, pero no cualquiera, por muchos diplomas que acarree, puede ser un buen periodista.

martes, 3 de junio de 2014

Responsabilidad periodística

El Deshabitado

Jueves, Mayo 15, 2014

Por supuesto que la demanda de la Procuraduría General del Estado contra un periodista y la directora de La Razón tiene que ser tratada en el marco de la Ley de Imprenta, sin embargo, debemos reconocer que no supimos sopesar  ni que se le dio el tratamiento responsable al contenido de lo que teníamos entre manos y, sobre todo, debemos reconocer que sí se cometió una falta periodística.

Corrían los años 90s y en la Agencia de Noticias Fides (ANF), el equipo económico logró la “pepa”, con documentos y todo, sobre la quiebra del Banco Boliviano Americano (BBA) ligado a dirigentes y familias del MNR. Los periodistas nos contactamos y logramos, de forma sigilosa, repercusiones en todas las fuentes. Empero, nuestro jefe de prensa, Walter Patiño, nos pidió “tranquilidad hasta que se coordine con el padre”.

Más tarde, cuando todos llegamos a la redacción, el señor Director, padre José Gramunt de Moragas, convocó a todos sus periodistas y, personalmente, cerró la puerta de su oficina. Allí dio los detalles del tema y nos remarcó que la ANF no realizaría ningún trabajo sobre el caso “porque se podía poner en peligro todo el sistema bancario y financiero nacional, además que se podía provocar una corrida financiera de consecuencias fatales para el país”.

Todos nos quedamos con los crespos hechos, pero asumimos la palabra y el consejo de nuestro Director y jefe de prensa, pese a que estábamos listos para “informar” a la población y “destrozar”, periodísticamente hablando, al partido en función de gobierno. Sin embargo, dejamos todo en el tintero porque comprendimos que se trataba de una situación muy compleja para el Gobierno, pero especialmente para toda nuestra sociedad. Meses más tarde, el escándalo estalló con consecuencias previsibles.

Luego, en una de las habituales reuniones semanales de coordinación, el padre Gramunt se refirió al tema indicando que habíamos perdido una “pepa”, pero habíamos ratificado e incrementado el prestigio, responsabilidad y, créanlo o no, la credibilidad de la ANF al no publicar la quiebra del BBA. “Él había dialogado con las personas y niveles correspondientes”.

Este es un ejemplo, de la vida real, de cómo deben reaccionar los periodistas ante situaciones de esta índole y como se debe ser responsable con la sociedad, velar por el interés nacional y no solamente para con el contrato que nos liga a la empresa periodística, el “gustito de patear” o mostrar que tenemos buenos contactos.

Al respecto, la Constitución Política del Estado en su  Art. 107. Parágrafo II. indica:  “la información y opiniones emitidas a través de los medios de comunicación social deben respetar los principios de veracidad y responsabilidad. Estos principios se ejercerán mediante las normas de ética y de autorregulación de las organizaciones de periodistas y medios de comunicación y su ley”.

Pero acciones como la realizada por el director, jefe de prensa y redactores de la ANF (de aquellos años) sólo la conciben y ejecutan periodistas que tienen décadas de experiencia de cobertura de fuentes, de calle, sudor, sacrificio y apostolado con su profesión y no de escritorio, tertulias, cafecitos, risitas socarronas de supremacía intelectual, complicidad de sus corifeos y miradas desde arriba hacia la sociedad.

Toda esta rememoración viene a colación sobre lo sucedido en los últimos días, con la demanda presentada por la Procuraduría General del Estado contra un periodista y la directora de La Razón; cuántos problemas nos evitaríamos si siguiésemos las buenas costumbres y prácticas del buen periodismo.


Es muy lamentable que tengamos que llegar a estos extremos para autocriticarnos y reconocer que nos equivocamos, asimismo, remarco que el caso deber ser tratado por el Tribunal de Imprenta y es en esa instancia que los responsables de esa irresponsabilidad deben ser castigados con la mayor severidad posible (¿?), lo que nos conduce a la necesidad y certeza de actualizar y modernizar esa nuestra norma. Insisto en que la propia Constitución indica que estos casos deben ser tratados por la Ley de Imprenta (“y su ley”).
MAR

martes, 20 de mayo de 2014

REBELDE Y CONTUMAZ

El Deshabitado

Martes, marzo 26, 2013 

De vez en cuando los milagros se concretan. El pasado 21 de marzo de 2013, la Federación de Trabajadores de la Prensa de La Paz (FTPLP) logró histórica sentencia que declara a un empresario de la comunicación “rebelde y contumaz”, además de señalar su “arraigo y emisión de orden de apremio” dentro de un proceso seguido por “apropiación indebida y abuso de confianza” al no transferir los aportes de los asalariados, por más de 10 años, a las AFPs.

Hay diversas formas de coartar, limitar y hasta eliminar la libertad de expresión y el derecho a la comunicación. Entre las más perversas e innobles, está esta figura, que no es otra cosa que quedarse con el dinero de los trabajadores y lucrar e incrementar el patrimonio empresarial-familiar en desmedro de los asalariados, impidiéndoles una justa y digna jubilación.

En la lista de esta clase de abusos, control y manipulación de los periodistas podemos inscribir: bajos sueldos, no pago de dominicales, del quinquenio, de horas extras, del bono de transporte, de refrigerio, del trabajo nocturno, la no dotación de material mínimo para cumplir la responsabilidad de informar, cancelación tardía de salarios e incumplimiento en el depósito de los aportes patronales para la atención médica en la Caja Nacional de Salud.

A esta lista del oprobio hay que añadir, la constante amenaza que se realiza, directa e indirectamente, en algunos medios de comunicación, sobre la estabilidad laboral. En algunos casos, la sola existencia de uno ya es una transgresión a la línea editorial y política de la empresa periodística.

“Cuando entraste sabías a dónde te estabas metiendo”, grita el silencio de las redacciones y la mirada de los jefes y los empresarios. En semejante clima y con esas condiciones de trabajo, cómo puede el periodista concentrarse en realizar una buena redacción, si sabe que mañana puede ser despedido; está obligado a callar y soportar todo porque no hay fuentes de trabajo.

Esta condición de semiesclavitud llega al extremo de “prohibir a la familia enfermarse porque ni la Caja tenemos y menos pensar en la jubilación o el beneficio del quinquenio”.

En anteriores gestiones, la FTPLP ya denunció estos atropellos al punto de inscribir en todos sus documentos que “no hay libertad de expresión sin estabilidad laboral ni democracia alguna sin libertad de expresión y derecho a la comunicación”.  Lamentablemente, y sin que exista motivo alguno, el lema fue retirado, también arbitrariamente.

Más allá de ese error, la lucha por la vigencia de los derechos laborales es también la lucha por la vigencia plena de la libertad de expresión y el derecho a la comunicación; particularidades que son olvidadas por los periodistas de escritorio y, por supuesto, los empresarios de la comunicación. ¿Qué dirá ahora la Asociación Nacional de la Prensa? ¿Se quejará a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP)?

No hay duda que es una buena noticia, pero el trabajo para la FTPLP no ha concluido tiene que hacer respetar los derechos de sus afiliados y hacer cumplir la normativa nacional.


Sería algo muy positivo que el “rebelde y contumaz” sea detenido hasta que deposite el dinero de sus empleados en sus correspondientes cuentas de las AFPs e inclusive pague la renta que esas sumas produjeron y de las cuales se benefició arbitrariamente cometiendo el delito de “apropiación indebida y abuso de confianza”.

MAR